Este post es un poquiiiiiiito tardío, puesto que yo cumplí los 40 el año pasado, y hace poco cumplí 41. La verdad, mi cumpleaños número 40 no me chocó para nada, y fue como si siempre hubiera esperado esa fecha: más bien mis papás sí que se quedaron atónitos al comprobar que no sólo eran jubilados y abuelos, sino que ya eran también padres de una cuarentona. Claro, yo como que tampoco les ayudo a asumirlo, si ando todo el día en jean y zapatillas, hago ejercicio, y como me cuido mucho del sol (siempre ando con sombrero por culpa de la rosácea) y no fumo, pues la verdad que las primeras patas de gallo no se me notan mucho. Al menos de lejos y caminando rápido… y claro, para las canas siempre está el tinte.
Desde que los cumplí, el año pasado, estaba con ganas de postear acerca de este número, los 40, y de todas las ideas de la mitología popular al respecto. Especialmente respecto de las mujeres, que estamos bajo la constante presión social de permanecer bellas siempre, y bajo el reflector de las ideas modernas de culto a la juventud.
Sin embargo, pese a todas las presiones para liposuccionarnos, operarnos, estirarnos, aumentarnos (o levantarnos) tetas y poto y demás etcéteras, las mujeres no debemos perder de vista nuestra gran ventaja evolutiva. Como decían las abuelitas pendejeretes: el hombre, mientras pueda: la mujer, mientras quiera. Piensen mal, y acertarán
Cualquier mujer “base 4″ que se sienta ansiosa ante la perspectiva de mostrarle el rollito cuarentón, las estrías post-maternidad o la terca celulitis detrás de los muslos a un nuevo compañero puede calmarse, pensando que esas angustias son “chancay de a medio” comparadas con las que los hombres tienen a veces antes de entrar al ring de las cuatro perillas.
Pero la idea de este post no es extenderme tanto en tan frívolas consideraciones. El punto es que la vida real, a los 40, nos ubica a la mayoría de las mujeres en la “Edad Sandwich”: es decir, en medio de todo. Nos encontramos con que, además de ver y sentir los cambios de nuestros cuerpos, además de llevar la casa y las responsabilidades de la vida diaria, estamos multiplicándonos por 100 para atender las necesidades de los hijos, ya sean niños o adolescentes; también las del esposo o compañero, que al igual que una ya tampoco es un muchacho de veintipico; las de nuestros padres, que ya están en o cerca de la “base 7″ y empiezan a mostrar los achaques de la edad, a veces agravada por alguna enfermedad crónica (tipo presión alta, diabetes, glaucoma, etc.); y las del trabajo, sea del tipo que sea, pero trabajo al fin, que demanda tiempo y esfuerzo.
Y todo esto exige no sólo responsabilidad y capacidad de organización, sino también de liderazgo y negociación, porque los padres ancianos y los hijos no sólo pueden ser igual de caprichosos a veces, sino que tienen necesidades muy distintas; porque muchas veces una tiene que salir a trabajar y sin embargo supervisar a distancia la marcha del hogar; porque hay que estar al tanto de… de todo, en suma. Y eso muchas veces no es fácil, sobre todo cuando delegar algunas funciones no es una opción al alcance. Y ya sea que se cuente con asistentes o no, tener la responsabilidad de la Gerencia General del Hogar puede ser a veces muy agotador. Y es un trabajo cuyos dividendos son intangibles, y pagaderos (con suerte) en 25 años más, por lo menos.
Pero llegar a la “base 4″ tiene sus ventajas también. Al tener ya la mitad del camino detrás, se tienen muchas cosas bien claras y ya una no se hace problemas por cosas que a los 20 años eran enigmas indescifrables. Como el jugador que ya se aprendió bien el juego y ha pasado ya a los niveles más altos. Es decir, empleando una analogía (¿o metáfora?) deportiva, una ya sabe bien qué terreno pisa, hacia dónde va la pelota y qué tipo de juego tienen compañeros y rivales; una ya sabe qué cosas son importantes para una y qué no, y también se puede más o menos predecir en qué acabarán algunas situaciones, lo cual evita la dispersión inútil de tiempo y esfuerzos. Por no mencionar -pasando a otros planos- que el sexo deja de ser un campo minado de inseguridades para convertirse más bien en un placer más refinado y sibarita…
Sin embargo, there’s no free lunch y el tiempo nos pasa algunas facturas. Y nos juega algunas pasadas. Como emocionarnos igual que a los 20 al escuchar nuestra música favorita, pero darnos cuenta de que nuestra macheteada carrocería crónicamente insomne ya no va a aguantar toda una una noche de discoteca. O que trabajar hasta la madrugada resulta mucho más difícil y menos productivo mentalmente, porque una está… agotada. ¿Alguien dijo burnout?
En resumen… cuando tenía 20 y me proyectaba a mis 40 años, me imaginaba que seguiría siendo más o menos igual de loca (curiosa, inconforme, entusiasta, etc.) pero más segura de mí misma y sin tantas “paltas”. Y sí, así ha sido. A veces me cuesta un poco mirar atrás, ver todo lo que he vivido y pensar que ya estoy en la mitad del camino, que cualquier cosa que decida a partir de hoy no tiene vuelta atrás… y que de acá para adelante cada día que pasa me acerco más a la estación final de todos nosotros: el cementerio. Pero mientras la Parca no venga por mí, prefiero mirar hacia adelante y seguir viviendo y haciendo planes con el mismo entusiasmo de siempre.
Escrito por Danza Invisible
Escrito por Danza Invisible 






