¿Por qué tantas cesáreas?

Martes, Marzo 27, 2007

Mi buena amiga Giannina acaba de tener su primer hijo, a los 34 años. Y como los de casi todas mis amigas, también nació por cesárea. De entre todas mis primas, mis amigas de juventud y mamás que conozco del Nido de mi hija, sólo yo y CUATRO (sí, sólo “4 cuatro 4″) personas más hemos tenido partos vaginales: todas las demás, todas, todas han tenido cesáreas. Sólo una de ellas tuvo una complicación grave (prolapso de cordón), otra más me confiesa que ella pidió la cesárea electiva porque tenía pánico al dolor del parto, y la otra quiso cesárea para no tener problemas en programar su descanso postnatal; pero todas las demás me relatan una historia sospechosamente parecida. El obstetra les dice que están demorando demasiado en dilatar, que mejor apuran el asunto para que la madre no se fatigue, o que el bebé está sufriendo y les sugiere una cesárea. Y en esos momentos de preocupación por un supuesto sufrimiento fetal, y a veces paniqueadas por la fuerza de las contracciones del parto, todas acceden gustosas, algunas hasta presionadas por los maridos. Por supuesto, TODAS estas cesáreas se han practicado en clínicas privadas.

En cambio, conversando con mujeres de NSE bajos (empleadas del hogar, vendedoras ambulantes, campesinas, las jardineras del municipio, trabajadoras no calificadas, etc.) descubro que su situación es diferente. Ellas me relatan que en los hospitales las mandaban de vuelta a casa, o que les aconsejaban caminar mucho para acelerar el parto, y que no las internaban hasta que tuvieran al menos 6 o 7 cm. de dilatación. ¿Es que estas mujeres son diferentes, o es que en los hospitales públicos NO se practican tantas cesáreas, por alguna razón? ¿Podemos hablar de alguna forma de discriminación? En cierta forma sí, como veremos.

De acuerdo a las recomendaciones establecidas por la Organización Mundial de la Salud, la tasa global de cesáreas no debería superar en ningún caso el 15% de todos los partos atendidos en establecimientos médicos. Sin embargo, la realidad mundial, y muy especialmente latinoamericana, es otra. Al respecto, datos de una investigación publicada por Clarín.com:

En América latina los expertos posaron sus ojos en ocho países. Los elegidos por sorteo fueron: Argentina, Perú, Paraguay, Brasil, Ecuador, Nicaragua, México y Cuba. La tasa de cesárea en Argentina es similar a la de esos países. En general, aporta Villar, “los privados [clínicas] rondan el 50%, los públicos, un 30% y las obras sociales están en el medio“.

¿Se dan cuenta? En las clínicas privadas la tasa bordea ¡el 50%! A mí, en particular, me parece un escándalo. No me creo el cuento de que la mitad de las mujeres necesiten una cesárea. Un parto no es una enfermedad, sino un proceso fisiológico absolutamente normal. Si el parto vaginal fuera tan anormal o ineficaz, nuestras antepasadas, abuelas, madres y tías no habrían llegado a tener tres, cuatro, cinco o más hijos, porque habrían muerto dando a luz: es más, ya la humanidad entera se habría extinguido.

Además, tengamos en cuenta la trampita: estas numerosas cesáreas de la actualidad se hacen mayormente en las clínicas de las ciudades. Las mujeres pobres siguen pariendo como siempre, y en la sierra y selva muchas nunca han visto un médico (lo cual es el otro extremo del escándalo, por cierto).

En el Perú, las cifras oficiales del MINSA, que sólo incluyen los partos atendidos en hospitales públicos, indican que en Lima Metropolitana la tasa de cesáreas es del 26.7%; en el resto de la costa 17.4; en la sierra 5% y en la selva 6.8%. Esto obviamente nos deja ver, además de una insuficiente cobertura médica de los partos en las zonas más pobres del país, que el índice de cesáreas en Lima Metropolitana (¿por qué será?), concretamente, supera con mucho las cifras consideradas apropiadas por la OMS, aún sin tomar en cuenta las practicadas en clínicas privadas, de las cuales el MINSA no dispone de datos.

A ver, esos médicos blogueros, hagan una reflexión desde las cosas que ven en su práctica diaria y díganme: ¿es sólo impresión mía, o es cierto que de un tiempo a esta parte se practican muchas, pero muchas cesáreas? ¿Y muchas de ellas en realidad médicamente innecesarias? Me interesa el punto de vista de los médicos que bloguean.

Mi abuela y mi suegra tuvieron cinco hijos cada una. Mi abuela dio a luz a los cinco en su casa, y mi suegra tuvo los dos primeros en casa y los siguientes en la Maternidad de Lima. Ninguna tuvo cesáreas. Y como ellas, muchas mujeres de sus tiempos NO la tuvieron. Y no murieron de parto y tuvieron hijos sanos. ¿Por qué a tantas de nosotras nos hacen creer que sí necesitamos cesáreas?

En cambio, hay mujeres pobres en toda Latinoamérica que mueren porque los médicos no quieren operarlas. O peor aún, porque no hay ni una posta médica a la que puedan acudir. Piensen: ¿por qué a las mujeres pobres no las persiguen para operarlas? ¿Y por qué a las aseguradas de ESSALUD no les insisten tanto? ¿Porqué nadie abre una clínica de maternidad en las alturas de Apurímac? Porque a ningún médico les interesa fatigarse en hacer una cesárea por la que no van a cobrar su buen dinero.

¿Y por qué en las regiones más remotas de la sierra y selva peruana las madres sí mueren a diario porque no hay quien haga una cesárea a quien realmente la necesita? La razón es sencilla: porque estas mujeres viven en pobreza extrema y no pueden pagar. ¿Por qué a las mujeres pobres urbanas las hacen volver a su casa una y otra vez, y no las internan apenas tienen 3 o 4 cm. de dilatación, como a nosotras, las “afortunadas” de los NSE A-B? Pues porque a ellas no hay necesidad de impresionarlas enchufándoles oxígeno, monitores fetales, epidurales, oxitocina ni tanta cosa… porque a ellas no les van a poder cobrar de más con esos pretextos. Al menos esa impresión tengo yo.

El día que me operé de los fibromas, yo estaba sedada pero despierta, y escuché la conversación de la enfermera y la obstetriz:

-El doctor Perencejo está contento, porque tuvo tres cesáreas hoy acá y dos en la clínica Fulanix.

- ¡Asu, qué suertudo el doctor! Ojalá nos tocara a nosotras el mismo billete que a él.

Recuerdo que pensé: “¿Cinco cesáreas en un solo día? Mmmm…” Bueno, ya se sabe, el médico cobra mucho más por efectuar una cesárea que por atender un parto natural, en el cual en realidad lo único que hace el médico es recibir al bebé, porque la chamba real la hacen la propia madre y las obstetrices. A mi parecer, ésta es la madre del cordero para muchos malos médicos.

Pero incluso los médicos responsables y que se apegan a una ética muchas veces se enfrentan a la presión de las EPS y de las clínicas mismas de evitar los partos muy prolongados para no tener reclamos posteriores. Para evitar a futuro cosas como “mi niño tiene el problema X y es porque lo dejaron sufrir en vez de sacarlo con cesárea, páguenme una indemnización por mala praxis”.

La otra cara de la moneda son las madres que por miedo al parto, por programar sus pre-post natal, o por “X” razones personales, piden una cesárea electiva. El nombre es bonito, ¿no? “electiva”. Suena a que una elige libremente. Pero yo me pregunto: ¿por qué los médicos nos sugieren y “nos dejan elegir” una cesárea específicamente, pero no nos dejan elegir otras intervenciones? Si yo quiero sacarme el apéndice, si una mujer mayor quiere operarse el prolapso de vejiga o si un varón quiere operarse de la próstata, todos tenemos que demostrar primero que esas operaciones son necesarias, ¿no? No las podemos “elegir” libremente. Porque toda cirugía mayor requiere anestesia, y tiene riesgos dentro del quirófano y en el postoperatorio. Y porque todo médico decente sabe que una cirugía mayor se recomienda sólo si la relación riesgo-beneficio es favorable para el paciente.

Y si todos sabemos de esos riesgos, especialmente los propios médicos ¿por qué entonces nos recomiendan tan alegre y fácilmente las cesáreas? Y eso que no menciono las histerectomías de las mujeres mayores. Y ya que nos hablan de libertad de elegir, pregunto: si yo soy saludable, vivo en una ciudad, tengo un embarazo sin complicaciones, mi bebé ya está en posición y elijo dar a luz en mi casa, ¿encontraré un profesional de la medicina dispuesto a atenderme? Tal vez, pero, ¿alguna EPS o seguro médico privado de cualquier especie cubre partos en casa? No, ¿no es cierto? Entonces, no es tan cierto que puedo “elegir” cómo dar a luz. It’s all about money.

¿Acaso una cesárea está al mismo nivel “electivo” que una extracción dental, una cirugía de la miopía con láser o una inyección de colágeno en los labios, tan de moda hoy?

Amigas, no se engañen a sí mismas ni se dejen engañar. Puede ser que algunas necesiten de verdad una cesárea, pero ¿el 50% de nosotras? Lo dudo. Recuerden que una cesárea NO es un paseo. Es cirugía mayor. Y como tal, puede tener serias complicaciones. El parto vaginal es lo que dispusieron la naturaleza y la evolución natural. Un parto vaginal acaba cuando se expulsa la placenta: en cambio la cesárea requiere de muchos días de recuperación y les deja una cicatriz de por vida. No se dejen asustar por historias de partos horribles ni tampoco se dejen impresionar por un médico, que no solamente suele ser HOMBRE sino que no necesariamente estará animado por las más nobles intenciones. No le tengan miedo al parto vaginal: prepárense para vivirlo sin temor. Es una experiencia total, intensa e inolvidable.

Antes de que me pregunten, sí, tuve un parto 100% natural, y sin epidural, que duró en total 24 horas. Por fortuna encontré una ginecóloga responsable que en todo momento, pese a ser yo primeriza añosa, apoyó mi determinación de no optar por la cesárea a menos que fuese un caso de vida o muerte. Si quieren, puedo postear sobre eso pronto.

Encontré unos artículos muy interesantes, cuya lectura recomiendo muy especialmente a las gestantes y a las que planean embarazarse. Somos las dueñas de nuestros cuerpos, somos las únicas responsables del bienestar de nuestros bebés, y los buenos médicos no deberían pretender imponernos una cirugía que no necesitamos. Ni tampoco negarse a salvar las vidas de madres e hijos que sí la necesitan y no pueden pagarla.

Recomendaciones de la OMS sobre el nacimiento.

El parto por cesárea por razones médicas

Cesárea de ricos, cesárea de pobres

Atraso de cesárea fue fatal para embarazada

Riesgos de la cesárea

Cesárea en el Perú: Presente y Futuro

Demasiadas cesáreas se practican en Latinoamérica

Cesáreas por encargo

Encuesta sobre atención del parto en América Latina

Sharp Rise of C-Sections Defies Best Evidence and Best Practice

C-Section risks: what every woman needs to know.

Cesáreas: se hacen más del doble de las esperables.

La práctica de la cesárea se ha convertido en epidemia

Consejos para evitar cesáreas innecesarias

Documento PDF: Operación Cesárea: un perspectiva integral.

C-Section rate climbs in U.S.

As C-Section Rate Grows, So Does Resistance

Parto en casa: opción segura.


En memoria de mi abuela.

Martes, Marzo 20, 2007

Tu vois, je n’ai pas oublié
La chanson que tu me chantais
(1)

Cuando mi abuela cumplió la edad que tengo ahora, es decir, sus 40 años, ya era dos veces suegra y tenía un nieto. La suya fue una época en la que las mujeres vivían muy pronto y muy aprisa, pero sospecho que, además, ella debe haber sido una adolescente tan igualmente cabezadura y llena de ganas de vivir como yo lo fui. No supe nunca a qué edad se casó, pero sí sé que a los 16 años ya tenía dos hijos, y que su marido (el abuelo que jamás conocí) la abandonó para siempre poco después de nacer el quinto: y que para poder mantener a los cinco críos tuvo que poner una bodega, allá en el pueblo del norte chico donde nacieron y crecieron mi madre y mis tíos.

Desciendo de un linaje de mujeres fuertes. Sé, por esas leyendas familiares que pasan de una generación a otra, que su madre, mi bisabuela Emilia (quien murió poco después de nacer yo) mandó al carajo al padre de mi abuela al poco tiempo de casada para convertirse en una comerciante de ganado de carácter muy recio, con unos temidos y célebres arranques de malhumor: se cuenta que en una ocasión su furia la hizo destrozar a hachazos una cocina a kerosene que se negaba a encender. También me han contado que la madre de Emilia, la tatarabuela Herminia, igualmente sacó adelante a la familia por sus propios medios.

(¿Cómo hiciste, abuelita? ¿Cómo te las arreglaste para criar a cinco mocosos, atenderlos y educarlos, reemplazar a un padre ausente, convivir con una madre absolutamente dominante, administrar tu tienda, ocuparte de los quehaceres de la casa, criar cuchucientos animales de corral… y hacerlo todo bien? ¿Nunca dudaste? ¿Nunca sentiste que ya no podías más? ¿Nunca quisiste que las cosas fueran distintas?)

Dicen que de joven le gustaba cantar, igual que a mí: recuerdo haberla escuchado alguna vez cantando los valses tristes de Carmencita Lara, pero la recuerdo más cantándonos canciones infantiles. De todas sus nietas, yo era la más parecida a ella, e incluso me bautizaron con el mismo nombre. Tengo una foto de ella a sus 30 años, que atesoro, porque cuando yo llegué a esa edad, lucía exactamente igual: las mismas facciones, la misma abundante mata de cabello espeso, la misma sonrisa. Viendo esa sonrisa suya tan radiante nadie podría haber adivinado que apenas cumplidos los 30 años (en 1953) ya ella estaba enfrentándose a muy serios problemas. Entre ellos, la turbulenta y rebelde adolescencia de sus hijos –uno de los cuales le echaba en cara que su padre los hubiera abandonado– y las agresiones manifiestas de los militantes apristas de aquel pueblo chico, que la consideraban una “derechista rica” y se desquitaban de la persecución del presidente Odría hostilizándola en su bodega, por ejemplo.

(Yo, a mis 30 años, no tenía ni por asomo los problemas que tuviste tú, abuelita. Tenía una carrera, pero tener hijos no pasaba aún por mi mente; había aprendido idiomas, cruzado el Atlántico, recorrido medio mundo, conocido mucha gente, y hecho lo que me daba la gana; vivía feliz, explorando la vida y sus posibilidades; había conocido instantes de dicha inimaginable y también llorado mis primeros desengaños; había metido la pata cuarenta veces y había herido sin querer, por orgullo, a alguien que me amó mucho. ¿Cómo hiciste tú para hacerlo todo bien, para cumplir con todos y no fallarle a nadie? ¿De dónde sacaste fuerzas, abuelita? ¿Cuál fue tu estrella, tu brújula? ¿Tus hijos? ¿Tu Fe? ¿Tu sentido del deber? Necesito que me lo expliques, abuelita. ¿Cómo hiciste?)

Mi abuela y yo no hablábamos mucho, pero teníamos un entendimiento mutuo que tampoco necesitaba de muchas palabras. Siempre me entendí mejor con ella que con mi propia madre, pues así como mi madre heredó el célebre carácter de su abuela rompecocinas, yo heredé el de mi conciliadora abuela y tocaya. De niña, sus visitas eran una fiesta acompañada de los infaltables alfajores traídos del pueblo. De jovencita y ya de adulta, cuando ella ya vivía en Lima, me encantaba compartir con ella su café recién colado en su cafeterita Cafetal –nunca aceptó una eléctrica– y aunque ella no era de preguntarme qué tal me iba, le encantaba escuchar las cosas que yo le contaba. Porque ella, a diferencia de mi estresada madre, sabía escuchar. Y yo aceptaba de buen grado los consejos que me daba. Muchas veces, también, sentí que yo la entendía en silencio mejor que sus propias hijas, inmersas en sus propios problemas y ocupadas en entrometerse en las vidas de sus hijos.

En ce temps-là la vie était plus belle,
Et le soleil plus brûlant qu’aujourd’hui.
(2)

(¿Cómo te las arreglaste para soportarlo todo? ¿Cómo sobrellevaste el abandono de tu hombre, la ingratitud de tus hijos, el genio maldito de tu madre, los matrimonios desdichados de tus hijas, la muerte de tu hermano, la súbita muerte de una de tus nietas, la traición de aquellos en quienes confiabas, las intrigas y disputas familiares porque no hacías testamento? ¿Cómo sobreviviste? ¿Cómo hiciste para seguir queriéndonos a todos, sin perder la sonrisa y sin convertirte en una mujer amargada?

Mi abuela fue la más feliz cuando me casé con Osamu, y ese día bailó y bebió casi como un cosaco. En las fotos de la boda luce espectacular. Pero el tiempo finalmente pasa su factura, y apenas nació mi hija, mi abuela –que nunca se había enfermado y a quien considerábamos inmortal– empezó a sentirse mal y a decaer. Al principio pensamos que era un cansancio normal, pues ya había cumplido 80 años. Luego vendría la pesadilla, el devastador diagnóstico: cáncer avanzado, nada que hacer ya. Nada más saberlo, todos se pusieron de acuerdo en ocultarle la gravedad de su estado. Pese a que estuvo lúcida todo el tiempo y que de tonta nunca tuvo un pelo, sus hijos y nietos hicieron un circo, un patético circo surrealista para tratar de disimular el pánico que sentían al saber que pronto ya no estaría ella para reunirnos siempre alrededor de su mesa. Yo creo que presentían que sin ella todo se iría a la mierda. Fui la única que protestó no le hagan esto, ella tiene derecho a saberlo. Me dijeron cállate, no le digas la verdad, ella quiere vivir. Yo, aturdida entre mi agotamiento insomne de madre primeriza, la lactancia exclusiva de mi hija, los largos llantos de mi madre, las diferencias de criterio de los tíos, los pleitos y mezquindades de mis primas, y los problemas del negocio de Osamu, fui muy pocas veces a visitarla a la clínica y encima no me dejaron estar a solas con ella. Por si fuera poco, mi abuela me suplicaba llévate de acá a la bebe, puede coger algún microbio o enfermedad de modo que tenía que fugarme rápidamente.

(¿Sabes qué, abuelita? En la cultura japonesa existe el complejo concepto del giri, o “deber”, que, entre otras cosas, nos obliga a cumplir siempre con los demás en aras de mantener la paz y armonía. En este sentido, sin tener nada de japonesa, tú fuiste toda una samurai sin saberlo. Siempre estuviste allí, al pie del cañón, haciendo lo que tenías que hacer, y dándote a todos. Fuiste la matriarca, el pilar, el tronco que sostenía al árbol familiar, y te ocupaste de todos hasta el final. Y cuando ya el cuerpo no te respondía, te preocupaba pensar qué iba a ser de todos nosotros después. Tú lo supiste, ¿no, abuelita? Lo vi en tu expresión: tú te diste cuenta de que de ésa no te ibas a recuperar, pero decidiste seguirle el juego a los demás para no hacerlos sufrir. Nunca pensaste en ti misma. Te negaron el derecho de despedirte, de hacer las paces con tu muerte, de hablar de lo que se te venía, pero lo aceptaste: te dejaron sola, pero una vez más te tragaste el sapo por mantener la paz de los demás. Sacaste valor Dios sabe de dónde y te lanzaste al vacío completamente sola. ¿Qué clase de enorme amor se necesita para eso?).

Efectivamente, la familia se jodió después de la muerte de mi abuela. Han pasado casi cuatro años, y hay parientes que no se pueden ver con otros. No hemos vuelto a tener ninguna reunión familiar completos. Y los trámites y líos por la herencia no han terminado aún. En fin: todos ellos se lo buscaron. Al negarle a mi abuela la posibilidad de despedirse, ellos mismos se negaron la posibilidad de arreglar cosas y de perdonarse a sí mismos, finalmente. Así es el karma, pues. Todo lo que se hace, finalmente vuelve a uno. En cuanto a mí, estoy en paz (especialmente después de haber escrito este texto). Lo único que hasta ahora me duele es no haber asistido al funeral. No tenía con quién dejar a mi hija en casa, y todos, especialmente mi madre y mi marido, me insistieron en que no podía llevarla, que un cementerio no era lugar para una bebé tan pequeña, que la cremación duraba cuatro horas y qué iba a hacer yo con la bebé todo ese tiempo, que se podía resfriar con las corrientes de aire, que le iba a pasar la pena en la leche, en fin…y me quedé en casa, amamantando a mi hija, y recordando, medio atontada y aguantándome las ganas de llorar, los paseos de mi infancia con mi abuela.

(Muchas veces, cuando me siento abrumada por los problemas de la gente mayor, por las responsabilidades y exigencias impostergables de la vida diaria, quisiera salir corriendo y volver a ser, por media hora siquiera, la joven despreocupada que fui alguna vez: pero pienso en qué me dirías tú, que tuviste las cosas mucho, mucho más duras que yo pero nunca tiraste la toalla… y me siento avergonzada y sigo adelante).

He estado pensando mucho en mi abuela en estas semanas, porque ya se acerca la fecha de su cumpleaños. Si estuviera con nosotros, cumpliría 84 años. Pero no está, y la extraño. Casualmente, hace poco, escuchando uno de los CD’s que me regaló Osamu, encontré la versión de Andrea Bocelli de una de las canciones más bellas jamás escritas, a mi juicio: Les Feuilles Mortes (“Las Hojas Muertas”). Saqué mi viejísima versión de Yves Montand para compararlas, pero esta vez, por primera vez, su poética letra me hizo derramar algunas lágrimas.

Mais la vie sépare ceux qui s’aiment,
Tout doucement, sans faire de bruit…
(3)

- Esa canción era una de las favoritas de tu abuela– intervino mi madre.

Mejor no hubiera dicho nada: me mató, carajo. Se me vino todo encima como un cachetadón y me tuve encerrar en el baño para que no me vieran llorar. Después de todo, las samurai no deben llorar en público… y sus descendientes tampoco. Súbitamente empecé a entender que aunque ella había recibido esas puñaladas en la espalda y en el corazón que a los 20 años nos hacen desear la muerte, a los 30 nos sublevan y que recién a los 40 se empiezan apenas a entender, fue muy probablemente el amor por esos cinco hijos la principal razón que la hizo anclarse a la vida, levantarse cuando algo la derribaba, lo que le impidió darse el lujo de sentarse a lamentarse o tirarse a la pena y la obligó a seguir adelante aunque se sintiera agotada. Y aunque su vida nunca fue fácil, y que se vio separada una y otra vez de personas, cosas y lugares que amaba, ella siempre miró hacia adelante: y si alguna vez quiso que las cosas fueran diferentes, si alguna vez se arrepintió de algo, nunca se le notó. Apenas empiezo a entenderla. Aunque ya no la tengo conmigo, me quedan al menos 40 años más para recordarla y, a la luz de las experiencias que me toque vivir, seguirla comprendiendo un poco más cada vez.

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
Les souvenirs et les regrets aussi
(4)

Mi abuela, que me había regalado una de sus joyas en vísperas de mi primer viaje a Europa (para que la vendas en caso de apuro, dijo entonces) me guiñó un ojo desde el más allá. A la semana de su funeral, inesperadamente acerté cuatro números de la Tinka, por los cuales me pagaron 120 soles. Para nada una suma espectacular, pero en ese momento nos cayó muy bien. Unos cuantos días después, mientras ordenaban el closet de la abuela, mi tía menor y mi mamá descubrieron que además de los roponcitos rosados que había tejido para la Enana, mi abuela había preparado otro más: uno celeste, para varoncito, con un saquito primorosamente tejido a crochet. Hasta ahora lo tengo guardado, a la espera de que, si mi abuela acertó una vez más, mi segundo hijo –su siguiente bisnieto– sea un varón.

Et la chanson que tu chantais,
Toujours, toujours je l’entendrai!
(5)

****NOTAS****

Todos los versos pertenecen a Les Feuilles Mortes. Para los curiosos, acá tienen en links para el audio y la letra completa. Más abajo, traduzco los versos citados.

1) Ya lo ves, no he olvidado /la canción que tú me cantabas.

2) En aquel tiempo la vida era más bella / y el sol más brillante que hoy.

3) Pero la vida separa a quienes se aman /tan suavemente, sin hacer ruido…

4) Las hojas muertas se recogen en abundancia / los recuerdos y los pesares también.

5) Y la canción que tú cantabas / siempre, siempre la escucharé!