Y hoy hubo otro temblor. No fue tan “chauchilla”: 5.8 grados.
Yo estaba en la cocina preparando el lonche cuando sentí el ruido. No estaba segura de si era un temblor o maquinaria pesada (están parchando pistas por acá) cuando de pronto los frascos pequeños de condimentos que tengo en el repostero empezaron a saltar, el agua de una jarra se movía y mis dos perros salieron ladrando despavoridos. Los saqué al jardín, llamé a la empleada y sacamos a mi hija que jugaba en la sala: ella no se dio cuenta. Más bien protestó porque interrumpimos sus juegos.
Mi empleada, que es chachapoyana, me preguntó, despistadísima: “señora, ese es el temblor, pero ¿cómo es un terremoto?” Yo le contesté “te aseguro que no quieres saberlo”… y caí en cuenta de que, así como hay muchos jóvenes que no saben ya lo que es un apagón, hay muchos, muchos más que no han vivido un terremoto y no tienen idea de lo destructivo que puede ser.
El último realmente fuerte (y el único que recuerdo vívidamente) que hubo en Lima ocurrió el tres de octubre de 1974. Yo tenía 8 años. Si no recuerdo mal, fue de magnitud 7.5 ó 7.6 grados. Por mi asma, estábamos en Chaclacayo, viviendo en la casa de huéspedes de unos amigos de mis padres. Era un precioso día soleado, cuando de pronto como a las 9:30 ó 10 de la mañana empezó un rugido que parecía provenir de todas partes, el polvo de los cerros aledaños empezó a levantarse… y de pronto el terremoto se soltó con toda su furia.
Mi mamá se había quedado encerrada en el dormitorio. Con la violencia del movimiento, la puerta se trabó, y le costó mucho poder abrirla. Desde el enorme jardín yo miraba, entre aterrada y fascinada, cómo caían las rocas enormes del cerro: pero sobre todo, me quedó grabada como en una película la imagen del cerco de ladrillo del enorme jardín, moviéndose exactamente como si fuera un abanico movido por una mano, hasta que finalmente se cayó en algunas partes. Los árboles se sacudían violentamente, el polvo se levantó en todas partes hasta hacernos toser, y varias ventanas se hicieron añicos. Parecía que no iba a terminar nunca: duró más de un minuto.
Pero fuimos afortunados. Aparte de los muros y ventanas dañados, se habían caído un par de estanterías y abierto algunos armarios y reposteros, con la consecuente caída y rotura de espejos, adornos, platos, vasos y tazas: pero nadie resultó herido. Al caer la tarde, nos enteramos por la radio de que en Lima y el sur chico había muerto mucha gente y que se habían caído o dañado seriamente muchas viviendas. Después del terremoto, el mar se salió, causando más daños aún en los balnearios y bahías costeras.
Volvimos a nuestra casa al día siguiente. No había sufrido ningún daño de consideración, a Dios gracias. Pero Miraflores, Barranco y Chorrillos parecían casi zona de guerra. Muchos colegios también quedaron muy dañados. Sin embargo, creo que quienes más pérdidas tuvieron fueron las localidades del sur chico (Mala, Cañete, Lurín…). Pregunten: la gente mayor debe acordarse mejor que yo. En Lima murieron 80 personas, y hubo más de 2,500 heridos.
Un terremoto no es cosa de chiste. Y como hace 32 años que no hay ninguno, no tendría nada de raro que ocurriera otro mañana. O la próxima semana. O antes de fin de año. No es por ser alarmista, pero considerando que vivimos en una zona sísmica, y que nadie puede saber cuándo vendrá el siguiente, no está de más ser precavidos.
A continuación les paso una hoja muy clara con sugerencias de cómo estar preparados para un hipotético terremoto: está AQUÍ. Un dato de mi propia cosecha: guarden en un lugar seguro agua potable, pastillas de cloro (para purificar agua), y consíganse alguna herramienta versátil tipo navaja suiza. No se imaginan lo útil que puede ser.
Escrito por Danza Invisible 
Escrito por Danza Invisible 






