Mis influencias musicales son de lo más variadas.
Mi madre adoraba el rock. Elvis y The Beatles, eran sus ídolos… pero también escuchaba algo de Nueva Ola y cantaba arias de zarzuela, con una bonita voz. Mi padre, en cambio, se decantaba 100% hacia la música tropical. Sus favoritos eran la Sonora Matancera y los grandes boleristas (Gatica, Ledesma, etc.) de su época. De modo que en casa se oía de todo un poco, aún sin contar con los gustos de las sucesivas empleadas que tuvimos.
Yo absorbía promiscuamente música de la radio y televisión, sin mayores preferencias, y aunque mi padre decidió ponerme en contacto con los exponentes de la música “orquestada” (Paul Mauriat, Ray Coniff, etc.), ya a mis 4 años Raphael era mi ídolo. Pensar que en la actualidad no lo soporto… pero volviendo a esos años, cada vez que mi mamá me llevaba de compras a las tiendas “Scala”, siempre le pedía algún disco que me gustara, y por suerte siempre me lo compraba.
De otro lado, Mónica, quien me cuidaba cuando mis padres salían, también tenía sus preferencias. Eran los 70´s, ella tenía unos 16 años, y cuando venía a casa traía clandestinamente en su bolso muchos discos (en esa época, los vinilos) , que escuchábamos a todo volumen; Santana, David Cassidy, Lobo, Jimmi Hendrix, Credence Clearwater, Bread, Crosby, Stills & Nash, Led Zeppelin, Beach Boys, etc., y terminábamos bailando las dos, inventándonos la letra porque en esa época ninguna de las dos sabía inglés. Eso, hasta que ella calculaba que mis padres estaban al llegar o que ya era hora de irme a la cama. Entonces se quedaba ella en la sala escuchando con el volumen bajito: alcanzaba a oírla desde mi cuarto y así me dormía.
En 1978 me tocaba pasar a secundaria; me cambiarían a un colegio particular, y como no sabía nada de inglés me matricularon en el ICPNA de Miraflores. El caso es que a la salida había un kiosko donde vendían cancioneros en inglés, y me convertí en fanática compradora de esos dichosos “Funky Hits”. En esa época ni soñábamos con buscar lyrics en internet, así que esa era la única chance para muchos. Mis papás veían entonces el asunto con buenos ojos, felizmente, ya que les parecía una manera de practicar el idioma.
Un par de años después me había convertido en la mejor alumna de inglés de todo el colegio, y también en la más enterada de los “Charts”, “Rotation Rankings”, “Top Ten” y “Hot Fifty Rankings” de las revistas Billboard, así como de cuantos títulos, cantantes y grupos había de moda. Me encantaba, porque mataba dos pájaros de un tiro: quedaba bien con mis profesores (por lo de ser buena alumna) y con mis compañeros (que venían siempre a preguntarme las letras o quién cantaba tal o cual pieza).
Ya para entonces mis papás me rogaban todo el tiempo, de buena o mala manera, que estudiara más y dejara un rato los cancioneros, y que por favor bajase el volumen de “esa música infernal que hace doler la cabeza” que yo oía deleitada en la radio: era la época de los supergrupos como Queen, Styx, Fleetwood Mac, KISS, Kool & The Gang, Alan Parson’s Project, Foreigner, Supertramp, Genesis, Journey, Wings; de leyendas vivas como Rod Stewart o Stevie Wonder, y de novedades como The Police, Pretenders, The Clash, The Ramones.
En plena adolescencia rebelde, no quería saber nada de la música que mis padres escuchaban, y menos aún de la música clásica, que nunca había oído -salvo en las programaciones de Semana Santa que me parecían insufribles- y que imaginaba como apropiada para velorios y no para pasarla bien.
Sin embargo, había un programa en Radio Panamericana que se llamaba “Fresas con Crema”, lo conducía Lucho Argüelles, y ahí presentaban música distinta, no necesariamente “la última novedad”, sino que hasta soft jazz no paraba, y que aunque no necesariamente figuraba en los “charts” de moda, me atrapó con su sensualidad y encanto. Fue el primer indicio de que me volvería una marciana musical –para mis amigas—pues pronto empecé a seguirla: intérpretes como George Benson, Al Jarreau, James Taylor, Daryl Hall y John Oates, Simon & Garfunkel, Carly Simon, America, y otros.
En 1982 acabé la secundaria, con el primer puesto en Inglés y la recomendación unánime (de la psicóloga del colegio y de la consejera vocacional) de estudiar Traducción, recomendación con la cual decidí limpiarme… las cuatro letras. Volviendo a la música, bien pronto empezaría a acercarme a otros mundos totalmente nuevos.
Entré a una academia pre-universitaria, y ya no disponía de mucho tiempo para estar pendiente de la radio. Además, oh sorpresa, había muchos muchachos que escuchaban “salsa”, y por estar un poco a tono con ellos (además en todas las fiestas se bailaba salsa), empecé a prestarle atención, y me comenzó a gustar. Por ese entonces “El Gran Combo” la rompía, como se dice ahora.
Ya en la universidad, conocí a Jackie, mi mejor amiga hasta hoy, fanática del rock progresivo (del que no había escuchado yo casi nada), así que obligadamente me nutrí con grupos como Jethro Tull, Pink Floyd, Emerson, Lake & Palmer, Genesis… Poco después descubriría a Simply Red, y hasta hoy soy incondicional (bueno, casi) de Mick Hucknall.
Pero la influencia musical más importante fue entrar al Coro de la universidad y conocer a La Directora, la maestra que me cambió la vida, como siempre digo. Mi única experiencia coral hasta entonces había sido en la Iglesia, con las clásicas canciones cursilísimas de Misa: y encontrarme de pronto en medio de un montón de chicos y chicas cantando a cuatro, seis u ocho voces, produciendo toda clase armonías, contrapuntos y efectos sonoros fue toda una nueva emoción, que me sentó en mi sitio y me hizo olvidar el susto inicial cuando me entregaron las partituras. Yo nunca había usado una, y Jean se había propuesto enseñarnos, si no a solfear por completo, al menos a saber guiarnos de una partitura.
Fue toda una conmoción y me quedé cojudísima.¿Podía yo ser parte de ese grupo que producía esa música que me conmovía tanto?¿Yo, que nunca había aprendido a tocar ningún instrumento, y que nunca había tenido ni un solo en el coro parroquial? ¿Podía yo también participar en la “producción” de música? Era una posibilidad abrumadoramente real, demasiado real y cercana para dejarla escapar. Tanto que me olvidé para siempre del grupo de teatro, que era donde originalmente quería ingresar, me quedé allí, en el Coro, feliz de la vida, sin sospechar que, como los grandes amores, sería el inicio de una larga convivencia-aprendizaje. Tampoco imaginaba que, muchos años después, recordaría ese momento como el inicio de una fructífera etapa en mi vida, que me condujo a otro mundo del que aún no salgo, y como el día que marcaría en gran parte mi elección de carrera.
(esta historia continuará… algún día).

Escrito por Danza Invisible 
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